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sábado, 1 de agosto de 2026

Para servirle a Dios, a Don Porfirio y a usted: La sociedad porfiriana y sus recuerdos a través de la cinecomedia “México De Mis Recuerdos” (1944) de Juan Bustillo Oro.

Para servirle a Dios, a Don Porfirio y a usted: La sociedad porfiriana y sus recuerdos a través de la cinecomedia “México De Mis Recuerdos” (1944) de Juan Bustillo Oro.

Huerta Ochoa Oscar David.

                                                                             Introducción

Antonio R. Frausto
caracterizado como Porfirio Díaz,
atrás Roberto Cañedo.
Esta investigación nace de un interés profundo por la cinematografía de la "Añoranza Porfiriana", un subgénero del Cine de Oro mexicano que, a diferencia del discurso histórico nacional tradicional, rescató la época decimonónica con un sentir alegre y nostálgico. En este contexto, la figura de Porfirio Díaz dejó de ser "demonizada" para convertirse en un referente de orden y paz. La pieza central de este estudio es la cinecomedia “México De Mis Recuerdos” (1944), dirigida por Juan Bustillo Oro, una obra que destaca por su atmósfera romántica y un humor lleno de inventiva que permite explorar cómo la añeja aristocracia veía el México moderno.


El planteamiento del problema se enfoca en realizar un análisis de la sociedad porfiriana, examinando las interacciones entre las clases alta y baja, fundamentales para comprender la narrativa, el como ocurre con el contraste entre la "dama joven" y los personajes de la vecindad. Asimismo, se aborda la representación de la mujer como artista, explorando las tensiones sociales sobre la decencia y el prejuicio hacia las "actrices cómicas" de teatro. Este estudio se justifica por la capacidad del filme para construir una reproducción visual de las costumbres, los espacios de socialización y las estéticas de hace un siglo, funcionando como una "utopía porfiriana" diseñada por el mismo director Juan Bustillo Oro.
Virginia Zuri y Antonio R. Frausto
interpretando a Carmelita Romero Rubio
y a Porfirio Díaz.
Para guiar la investigación, se plantean preguntas sobre cómo se representa a la alta sociedad en la cinta, qué factores permitieron el auge de este género entre 1930 y 1940, y cuál era el papel del cine durante el sexenio de Manuel Ávila Camacho. En consecuencia, el objetivo general es analizar la visión del autor sobre dicha sociedad, examinando la utopía moral que construye como un diagnóstico de valores frente al México de los años 40. Además, se busca investigar este ciclo como un "refugio nostálgico" ante la inestabilidad de la Segunda Guerra Mundial y vincular su mensaje con el conservadurismo nacionalista del gobierno de la época, que utilizó la pax porfiriana para promover la unidad y la moral familiar.


El estado de la cuestión respalda este enfoque, puesto que Jacqueline A. Avila[1] describe la película como una "válvula de escape social" que contrasta el México ruidoso con un pasado idealizado, para Roberto Fiesco destaca la creación de un imaginario de "paz social" donde Díaz actúa como un protector bondadoso[2] y por su parte, José Manuel Hernández Morales vincula la obra con el rescate del ingenio popular y la tradición del teatro de revista[3].
Finalmente, la hipótesis sostiene que la sociedad porfiriana es presentada en este filme como un entorno sumamente moral, refinado y "pulcro", reflejando aspiraciones de higiene y elegancia propias de la época de filmación. Se sugiere que el éxito de estos géneros respondió a que, ante la fatalidad de la guerra mundial difundida en los medios, la sociedad buscó en la nostalgia un lugar de orden y paz. Así, el cine funcionó como un mecanismo de distracción y una herramienta para distribuir discursos nacionalistas en un periodo que demandaba, que necesitaba de una cohesión social para no ser atropellada por el desconocimiento del pacto federal de nuevo.
De pregones y tranvías de mulitas: La construcción de las clases bajas.
Pregoneros al inicio de la cinta.
Es interesante y hasta nostálgico ver la comparativa primera al inicio de la película, que muestra los fragantes automóviles transitando por Reforma y frente al Salto del Agua, y cómo es que, poco a poco, va transitando hasta convertirse en los tranvías de mulitas y los carruajes tirados por caballos en la misma zona, como sí el mismo Juan Bustillo Oro quiera mostrar el qué y cómo se ha transformado México en tan solo unos pocos años, a la par, se le escucha a Fernando Soler, actor de esta misma cinta fílmica, dando un discurso sobre el México de los viejos, de pronto el narrador hará una pregunta sobre el destino de la nación, quién sabe, esperando probablemente que en un futuro este mismo modernismo sea aún más visible, así pues, tras unos pasajes pregoneros, sigue contando cómo es que vería el director el viejo México que él conoció en su infancia, uno donde las infancias masculinas jugaban en La Alameda y cuando sucedían  tan famosas Tandas del Teatro Principal que escandalizaron a la sociedad de entonces, así como los bailes del Jookey Club.


Conchita y Don Susanito
A pesar de que veremos muchos tipos de gentes de la más alta alcurnia, de las clases populares llegaremos a ver pocos personajes, por no decir que una sola, mientras que los demás son solo representaciones espontaneas, entre las que destacan en un inicio la de los pregoneros, vendedores que, ganándose la vida, hacían cantares pegajosos o tonadillas distintivas, que irán gritando por la calle lo que sea que vendan, a la par, veremos distinciones entre sexos, pues el femenino llevará el cabello como coletas que van cayendo por su espalda o escondido con el rebozo, vestimenta tan exotizada por el cine mexicano para darle ese sentido de origen “humildad” a un personaje femenino, además, siempre la mujer es asociada a la vida y con ello se busca hacer referencia con uno de los pregones iniciales, la de la mujer que, con canasta en mano, hace referencia a los chichicuilotes[4], un ave que era alimento de origen animal para las clases populares cercanas a los entonces existentes lagos de Chalco y de Texcoco, pero también veremos al hombre con calzón de manta ya manchado por las labores propias de la venta, algunos, como el “trompadero”, con sombrero de paja, otros, como el que vende tierra para las macetas, adoleciendo de este. 

Más el único personaje que vemos que aparece en bastantes tomas es Conchita[5], mujer huraña que va quejándose de las reumas y del cansancio, es la que barre mientras le pega a unos niños con su escoba, sus indumentarias, que constan de una falda y un rebozo, más se puede observar que, aunque pobre, tiene ropa en muy buen estado.


Las diferencias entre Conchita
y Chucho "Mendieta".
Su personaje pudiera dar a entender que tiene otras cosas que hacer que serán inobservables por Bustillo Oro, quizás lavar ropa, quizás cuidar a su marido, más además de esas actividades el director le da también el papel de criada de Chucho Mendieta, puesto que, aunque ambos viven en la misma vecindad, Chucho Mendieta vive en esa distinción de clase ilusoria que le alejará socialmente de Conchita y le acercará más al Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, algo que dejaremos para líneas más adelante.
 Es de agregarse también el caso de la sirvienta (o nana) de Rosario Medina, quien lleva el cabello corto, además de un escote nulo, dejando únicamente su cuello y manos a la vista, caso contrario es el mayordomo, que ya de por si figura tener mucha edad al servicio de la casa, no viste de saco más sí que lleva su chaleco que va debajo del saco, viste elegantemente como se espera, más luce también servicial a lo que digan los patrones y, justo al final, tiene un traje elegante perfecto para las bodas de Pablo Flores y Rosario Medina.

Por su digno presidente: la construcción de las clases altas.

Antonio R. Frausto
En las clases altas veremos en primer lugar al héroe, al viejo caudillo de la Reforma y de Maximiliano, que es nada más y nada menos que el general Porfirio Díaz, encarnado en este celuloide[6] por Antonio R. Frausto, un hombre que será idealizado por Juan Bustillo Oro como un personaje honorable, de buen ver a pesar de su avanzada edad y hasta con cierta carisma, casi subido a tono de abuelito que es amable, lo suficientemente complaciente y relajado como para no poner tanta severidad que caiga casi en la dureza de un general de la restauración republicana. Junto a él vemos a Doña Carmelita Romero Rubio[7], quien muestra esa pasividad de la que figura su esposo Don Porfirio, junto a tal pasividad se les ve tan relajados bebiendo champagne o algún vino francés cuando ambos se llegan a preguntar “¿y en cuántas cosas más importantes nos pasará lo mismo?”[8], esto cuando el Teniente González[9] les responde que el vals que suena de fondo se intitula “Carmen”[10] y que es de Chucho Flores. Esto, que pudiera parecer cómico, más bien pareciera querer decir que es tanta la desconexión con la realidad que Don Porfirio esta hoy bien feliz comiendo pasteles y sin saberlo mañana le sucederá casi como a Luis XVI, quien por la Revolución Francesa perdió no solo el reinado, sino su cabeza. ¿Acaso el director Juan Bustillo Oro quería comparar al viejo caudillo de Don Porfirio con Luis XVI y a Doña Carmelita Romero Rubio con María Antonieta a la hora de ella preguntarse por qué le habían hecho tal vals?


Tenemos también al secretario del presidente, Don Susanito Peñafiel y Somellera, quien parece ser un hombre simple, que es viejo, avaricioso, tonto, corrupto y que no dejar pasar la más mínima oportunidad para alabar al presidente. A lo largo de la cinta se ve que tiene cierto carisma, simpatía y hasta una inocencia que rosaría con lo infantil, de quien se aprovecharan los personajes ya que tiene la debilidad de ir por ahí diciendo que es secretario personal de Porfirio Díaz, lo que es muestra de que se cree tan poca cosa que trata su ego de compensarlo al hacer alarde de tal puesto.



También figura el galán joven, Don Pablo Flores
[11] que es un “calavera”, pues vive del dinero ajeno, gusta del vino, la zarzuela con sus triples y aborrece todo lo que le recuerde a sus recatadas tías[12], un trio de señoritas solteronas que han quedado para vestir santos y que están ensimismadas en casarle con Rosario Medina[13], una señorita decente provinciana y que sigue los valores cristianos, que finge despreciar a Pablo a pesar de quererlo y, con tal de lograrlo y doblegar a quien tantos desprecios le da, hará todo lo que sea con tal de ganarse el amor de Pablo, que es hijo de su madre[14]y de Jesús “Chucho” Flores.


Esta clase social alta es muy bien educada, de “buen gusto”
[15], letrada y fina. Los varones, como Don Porfirio Díaz, tienen inmobiliario de maderas, mientras más clase más finos, visten elegantes, lo que quiere decir que de traje con corbata o moño, algún clavel, pañuelo o ambos en la bolsa del saco, con guantes, bastón y sombrero, lo mismo un bombín que uno de copa o de ala corta al estilo de caballero inglés y que desprecian el tequila y todas las bebidas que tengan que ver con las clases más bajas, prefiriendo el champagne o algún otro licor europeo. 


Conchita Gentil Arcos y Mimi Derba (arriba)
Sofía Álvarez y Ma. Luisa Serrano (abajo).
Las mujeres, por su parte, lucen lo esencial: el vestido, lo mismo con escote en forma de “v” que sin escote, con mil adornos y estampados a lo largo y ancho del vestido, emperifolladas con aretes discretos, collares, rosarios y medallas. En el caso de las tías solteronas podemos observar que tienen peinados que son levantados o cortos, dejando a la vista los oídos, algo de este patrón se dejará observar en Rosario Medina, quien aunque tiene un peinado un tanto cuanto elevado presenta un moño por detrás del cuello, adornando la leve coleta que cae por la espalda. Esta clase alta tiene los ojos con especial énfasis en el honor de la familia y en evitar la vergüenza, atentos a ver que no les tengan en boca de todos por decir palabras como “francachela” o usar recursos zarzueleros, mucho menos las señoritas de buenas costumbres, pues todo lo que sea de teatro huele a azufre como el diablo, por lo cual todos esos ademanes como poner las muñecas en las caderas o poner una pierna sobre la otra con la falda de altura máxima a la rodilla se vuelve en un escándalo. El director no lo muestra, pero las clases altas son vigiladas por el cura o por la Liga de las Buenas Costumbres
[16] que fielmente vigila a la sociedad propiciando la moralidad y demonizando las costumbres de los más pobres individuos.

Virtudes propias de un bohemio: El artista

Fernando Soler caracterizando a Chucho Flores.
Chucho Flores
[17] es un bohemio compositor y seguramente militar de abolengo que fue intimo amigo de Porfirio Díaz, pero que por una promesa se cambiará el apellido por el de “Mendieta”, que al inicio de la película vive refugiado en una vecindad frente a la fuente de Salto del Agua y que acabará la cinta redimiéndose. Es un hombre entregado totalmente al arte, capaz de vender sus muebles para transformarlos en licor con tal de seguir en la bohemia junto a sus amigos [18]y que tendrán para bien el “alimentarse de ideal, de ambrosía o buscar quien nos convide[19]


Pablo y Jesús Flores,
Nicolas Zúñiga y Miranda,
Amado Nervo.
Él y sus amigos artistas son bohemios aprovechados de las oportunidades y que tienen más que ideales en la vida y una forma tan picará de ser que viven entre los más bajos de la sociedad pero con gustos más finos que los franceses, más de todos ellos es, de forma agraciada y modernista, la dupla de Susanito Peñafiel y Chucho Mendieta la que harán del nuevo Don Quijote y Sancho Panza, en el que el ingenioso Chucho Mendieta logra enfrentarse a las hermanas Moriones y al honor (tanto el llegar virgen al matrimonio como al honor de caballero) con tal de salvar a la doncella Rosario Medina (que no es tan frágil), mientras que Don Susanito hace de todo indirectamente para que el deseo de Chucho Flores salga bien parado… finalizando Don Susanito en que se pondrá en problemas con Don Porfirio por darle mentira tras mentira.

Las lindas mariposas del amor: La mujer artista y no artista.

Adelina Rojas y Pablo Flores
Las triples, como Adelina Rojas
[20], tienen un escote muy bajo, dejándosele observar el principio de su pecho, ricamente adornada con collares de brillantes y metales preciosos, con pomposos vestidos y sombreros emplumados, muy al estilo francés de la época, por ello y para que el filme no siga la misma ruta, Chucho Flores regresa de entre los muertos y despierta en Rosario la mejor de las ideas pero que, a su vez, representará también una fatalidad por el hecho de que engañará a las tías. Así pues, Rosario se va a un hotel cercano a La Alameda, cambia la indumentaria a una más coqueta, un paraguas bonachón y mil cien adornos sobre su entallada figura, con tal de llamar la atención y mencionará entonces que es vista y observada por todos los hombres a su alrededor, puesto que el objetivo será conquistar y hacer desesperar a Pablo por los constantes desprecios de Rosario y los celos contra Don Susanito. Lo irónico es que, aunque resulta una idea genial, siempre Rosario deberá ser vigilada por un viejo tonto e inofensivo (como Don Susanito) y por su futuro suegro a fin de mantener intacta la honra de la muchacha, por no decir la tan cuidada virginidad de Rosario que solo podrá ser eliminada para cuando sea madre.

Chucho Flores y Rosario Medina
El pasado para las triples de teatro parece ser algo que tenga un peso moral cuando al fin se casan estas, ejemplo de ello es Celia García, rival de “Clementina Orozco”, el alter ego de Rosario, quien se casa con el General Zamudio y que, con tal de que al fin Don Susanito deje en paz a Rosario, hará nuestro ingenioso hidalgo Don Chucho que Susanito diga que él era el amante preferido de Celia García, poniendo como testigo al esposo de ella quien, en hilarante colera, lo retará a muerte.


Esta misma retorica donde la mujer tiene muchos amantes la vuelven alguien que sea “cínica” o “aventurera” y que no merece más que el rechazo de la sociedad, más irónicamente, el masculino que hace lo mismo, como en el caso de Pablo Flores, despierta todo un triangulo amoroso a su alrededor y la pasión de dos damas (Adelina Rojas y Rosario Medina) que, aunque enamoradas del mismo hombre, parecen tener dos valores morales totalmente distintos y que llevan a Adelina (quien al ser una “mujer fácil” no es de tanta importancia para Pablo) a odiar a Rosario, que hace mofa con suspicacia y gracia de aquel hombre que esta perdido por ella, pues de ambas damas jóvenes de la cinta es Rosario no solo la más bella de entre todas, sino que sigue igual de santa que la Virgen María, siendo su ausencia de vida sexual lo que más vale y, paradójicamente, lo que más ignora tanto Don Susanito como Pablo.

Con su permiso, señor presidente: Diagnostico de la sociedad según Bustillo Oro

Bustillo Oro
Si bien, nos muestra su director (Juan Bustillo Oro) una vida de abolengo, una donde es tan fácil lograr no solo el amor que acabe en matrimonio, sino que hasta los amores fáciles están al alcance de la mano, es una vida de honor, de ventura, galantería y elegancia donde las normas se ven rotas solo por la
  influencia que lleva el ser algo del Presidente, donde hay mil bailes y que incluso la baja sociedad vive decentemente en vecindades que, hipotéticamente, no están en mal estado y que sobre todo tienen ciertas comodidades, donde el agua abunda y así como abunda está (el agua), el dinero  y los buenos modales también, algo muy contrario al hacinamiento propio de las vecindades, pues en la película es esa vecindad, frente al Salto del Agua, una que aparenta estar vacía, desprovista de la clase baja.

Despidiendo a Don Porfirio...
Más a la par nos muestra en esa carencia sobre las clases populares que la clase alta vive en su mundo tan perfecto que es, como dije antes, casi comparable al tan famoso dicho (e irónicamente falso) de la reina María Antonieta: ¡qué coman pasteles! Esta sociedad elevada tiene no solo barreras económicas o de modales, sino también mentales que le impiden ser de baja clase, pues aunque estén arruinados y con nada más que un colchón, siguen siendo nobles sin dinero, lo que probablemente en la España del s. XV los haría ser hidalgos.

Conclusiones.

Sofía Álvarez en el
musical de "Las Mariposas"
Muchas veces, cuando sentía mi corazón palidecer en las aguas de la nostalgia y la tristeza, me sentaba a ver las mismas antiguas películas (como esta y muchas otras) que había disfrutado hasta hace unos años con mis abuelitos en la casa paterna, donde todo parecía seguridad y confort sin preocuparme por nada de afuera, incluso hasta hace unos cuantos meses atrás me sentaba a hacerlo, más ha sido en esta inagotable tarea de sentarme a observar esta película que me he dado cuenta que si bien, puede despertar viejos recuerdos, incluso todavía a día de hoy risas, esta mostrando Juan Bustillo Oro un México que, aunque parece que ha quedado enterrado porque en sus tiempos era cosa de tres décadas las que separaban la película en su tiempo y del tiempo que habla y a día de hoy ya casi figuran trece décadas de ello y, resulta interesante, cómo es que ciertos aspectos sociales, políticos e incluso económicos aún figuran en el México de hoy… tales como esa adulación y corrupción que están presentes en Don Susanito Peñafiel y Somellera pero que son siempre opacadas por su ingenuidad y su gracia simpática.

Indudable es que entre a analizar esta película creyendo que era un refugio del México de entonces ante los infiernos de la segunda guerra mundial, y, aunque no dudo que haya algo de eso, encontré más que nada una carta, no solo al publico nacional, sino también al publico extranjero, que México, aún y con su Revolución de once años, había traído una modernidad tan rápida a México que era casi imposible reconocerla en tan solo treinta años desde el exilio del viejo y tan añejo caudillo, donde Don Porfirio y los hombres del ayer ya no gobernaban, ya no tenían ese poder y, por el contrario, las Instituciones nos han hecho fuertes, nos han dado no solo más civilidad, sino que nos han hecho aún más ricos. ¿Es que acaso México era pobre como antes? No en todos sentidos.

Pablo Flores y Rosario Medina
Esta película funciona no solo como un refugio para los más viejos de entonces al tratar de representar las tan viejas andanzas de aquel Pablo Flores que, en 1944, ya había perdido no solo a su padre, su padrino de bodas o su tesoro: la juventud, sino que era un México que él ya no podría reconocer por el cambio tan radical que había llegado, donde los caballos ya eran casi cosa exclusiva del mundo rural, donde las mujeres, si bien, podían aspirar a un poco más, como trabajar, podían también casarse y no necesariamente con un hombre que fuera elegido por sus padres, un México donde ya no hay espacio para lo viejo, sino para lo moderno.

¿Es que acaso funcionaba para decir que la sociedad era mucho mejor ayer que hoy? En ciertos aspectos podría considerarse la tranquilidad y la falta de ese “asfixiante olor a gasolina” del que hace mención el discurso inicial narrado por Fernando Soler. 
Pero también parece decir que antes el dinero del país se podía gastar por gracia de la corrupción en mil cien cosas para la amante o para solventar gastos del teatro, ¿o no es verdad que de esto hace mención Don Susanito cuando Chucho Mendieta lo lleva a conocer a Rosario Medina en La Alameda? Así pues no encuentro los elementos suficientes para justificar que esta película funcionará como un refugio ante los embates sangrientos de la Segunda Guerra Mundial, más si que los encuentro para invitar a la reflexión de que México ya era, ya es otro país muy distinto al que había, uno donde las instituciones se fortalecen, donde el poder ya no ronda solo en una sola persona, sino que ronda en más personas que son justas, pues si no fueran justas, ¿cómo se explicaría el asfixiante olor a gasolina? Creo francamente en esto que estoy acabando de escribir porque el discurso al inicio hace mucha referencia a los cambios en solo tres décadas… donde la Revolución triunfo, pero también deja Juan Bustillo Oro una pregunta: ¿a dónde va México? Y creo esa es una muy excelente pregunta, tanta modernidad podría deslumbrar a alguien que tomará una máquina del tiempo y viera las notorias diferencias entre el México de 1900 y el México de 1944, pero ¿en serio se tornó muy distinta la situación?

Juan Bustillo Oro parece que vio algo más en el pasado que, de raras formas, podría repetirse bajo otras condiciones en un futuro, considerando pues a Marc Bloch y su mar de plasma donde nadan los fenómenos sociales en el que los acontecimientos no vuelven a ocurrir de la misma forma porque cambian las estructuras sociales[21], pues si bien, podrá haber llegado el Milagro Mexicano con Miguel Alemán, fuera quizás la ausencia de aquellos que vieron los cambios transcurrir lo que provocará el estancamiento de México, pues así llegó Echeverría con sus gastos en cocineros personales, tales como Don Porfirio y las modas francesas, pues así llegó el nuevo Susano Peñafiel quien, encarnando en López-Portillo, administro tan bien la riqueza que nos llevó a las crisis de los años 80 y 90 en México con los gobiernos de Salinas de Gortari y los sucesorios… que nada lograron hacer por mejorar la situación del México del momento.

Fuentes
·         Fuentes primarias:
o   Bustillo Oro, Juan, México De Mis Recuerdos, FILMEX, 1944. 
https://www.facebook.com/N0ST4L614MU51C4L/videos/m%C3%A9xico-de-mis-recuerdos-1944-de-juan-bustillo-orocinecomedia-original-de-juan-bu/1182059487241052/ 

·         Fuentes secundarias:
o   Avila, Jacqueline A. «“Los Sonidos del cine”: Cinematic Music in Mexican Film, 1930-1950». Tesis de doctorado, University of California, Riverside, 2011. https://escholarship.org/content/qt5k17x9ng/qt5k17x9ng_noSplash_260ed2518d845792927b859ebcefcb16.pdf
o   Fiesco, Roberto. «Sofía, Alicia, José, Pompín y los otros». Cuadernos de cine colombiano, n.º 19 (2013): 3–52. https://idartesencasa.gov.co/sites/default/files/libros_pdf/Cuadernos%20de%20cine%20colombiano%20No%2019%20Colombia%20segun%20el%20cine%20extranjero.pdf
o   Hernández Morales, José Manuel. «“AVE FÉNIX- La historia del Teatro Popular Mexicano”: Historia, clímax y ocaso del teatro de revista en México». Informe académico, Universidad Nacional Autónoma de México, 2012. https://ru.dgb.unam.mx/server/api/core/bitstreams/6f967b2b-d6a8-4446-a7fe-0663eb4cda8d/content
·         Fuentes adicionales.
o   Marc Bloch, Apología para la historia o el oficio de historiador, editado por Étienne Bloch, trad. De María Jiménez y Danielle Zaslavsky, 2da ed. México: Fondo de Cultura Económica, 2001.
 https://jcguanche.wordpress.com/wp-content/uploads/2015/08/blochapologia-para-la-historia.pdf
 
NOTAS A PIE DE PÁGINA


[1] Jacqueline A. Avila, «“Los Sonidos del cine”: Cinematic Music in Mexican Film, 1930-1950» (tesis de doctorado, University of California, Riverside, 2011).
[2] Roberto Fiesco, «Sofía, Alicia, José, Pompín y los otros», Cuadernos de cine colombiano, n.º 19 (2013): 3–52.
[3] José Manuel Hernández Morales, «“AVE FÉNIX- La historia del Teatro Popular Mexicano”: Historia, clímax y ocaso del teatro de revista en México» (informe académico, Universidad Nacional Autónoma de México, 2012).
[4] Una especie de ave lacustre, conocida también como títere playero o chorlo de pico grueso, de nombre científico charadrius wilsonia.
[5] Interpretada por Dolores Caramillo “Fraustita”, maquillista de la pelicula y esposa de Antonio R. Frausto, de ahí su apodo de “Fraustita”.
[6] Antonio R. Frausto personificó en varias películas de la época de oro del cine mexicano a Porfirio Díaz, ejemplo de ello es “En Tiempos De Don Porfirio” (1939) de Juan Bustillo Oro, filme en el que vuelven a actuar juntos Joaquín Pardavé y Fernando Soler pero con las actuaciones de Emilio Tuero sustituyendo a Luis Aldás y con Marina Tamayo sustituyendo a Sofía Álvarez y otro caso de Antonio R. Frausto como Don Porfirio es en “Sobre Las Olas” (1950) de Ismael Rodríguez, cinta protagonizada por Pedro Infante.
[7] Papel interpretado por la actriz Virginia Zuri.
[8] Antonio R. Frausto, intervención en México De Mis Recuerdos, dirigido por Juan Bustillo Oro (FILMEX, 1944), 00.05.24-00.05.27.
[9] Una aparición de Roberto Cañedo como extra, que, aunque no vuelve a tener más diálogos, si se presenta como guardia de Don Porfirio a lo largo de la cinta.
[10] “Carmen” fue originalmente escrito por Juventino Rosas en honor a Doña Carmelita Romero de Díaz, algo de lo que se hace mención en la parte de los créditos iniciales del mismo filme.
[11] Encarnado por el actor argentino Luis Aldás.
[12] Donde figuran las actrices Mimi Derba (Gertrudis), Conchita Gentil Arcos como “Blandina” y María Luisa Serrano como “Cuquita”.
[13] Papel que va a tener en el celuloide la actriz y cantante de origen colombiano Sofía Álvarez.
[14] Que jamás es nombrada a lo largo del filme y no se le conoce más que el papel.
[15] Mimi Derba, intervención en México De Mis Recuerdos, dirigido por Juan Bustillo Oro (FILMEX, 1944), 00.07.08-00.07.10.
[16] Recomiendo ver la cinecomedia musical “Ay Que Tiempos Señor Don Simón” (1941) de Julio Bracho, para darse una idea romántica de cómo es que eran los tratos.
[17] Personaje encarnado por el entonces nombrado como “mejor actor de México”: Fernando Díaz Pavia, de nombre artístico Fernando Soler.
[18] Entre los cuales podemos encontrar a los compositores y pianistas Ernesto Elorduy (interpretado por Ernesto Monato) y Ricardo Castro (autor del Vals Capricho y solo nombrado), los poetas Luis G. Urbina (Ricardo Mutio) y Amado Nervo (José Pidal) y hasta el político Don Nicolás Zuñiga y Miranda (quien fuera el rival electoral de Porfirio Díaz y que compitiera por la presidencia hasta el año de 1921 contra Alvaro Obregón. En este celuloide es interpretado por el actor Max Langler.)
[19] Fernando Soler, intervención en México De Mis Recuerdos, dirigido por Juan Bustillo Oro (FILMEX, 1944), 00.29.18-00.29.21.
[20] Papel interpretado por Tana Devodier.
[21] Marc Bloch, Apología para la historia o el oficio de historiador, ed. De Étienne Bloch, trad. De María Jiménez y Danielle Zaslavsky, 2da ed. México: Fondo de Cultura Económica, 2001, pp.52-58.

miércoles, 15 de enero de 2025

Volando sin ruido va por doquier: Gabilondo Soler, simbologías prehispánicas y cuidado a la naturaleza en un tango.

El autor.

Introducción


¿Sabes qué conecta el "Tango Medroso" de Francisco Gabilondo Soler con los búhos y lechuzas en el panteón mexica de Tenochtitlán?

Una antigua concepción qué suele representarse en cintas como "El Ahijado De La Muerte" o "Tizoc, Amor Indio" es que "Cuando el tecolote canta el indio muere", si bien, en cierto grado tiene cierto apego histórico, también se considera una muestra de la pérdida de los viejos símbolos qué habitaban en la Mesoamérica anterior a la conquista.

Pero primero refutemos el viejo dicho del indio qué muere:

Desarrollo

Los búhos o lechuzas eran símbolos del inframundo y, por ende, eran asociados también a los sacerdotes (quienes eran los "Caballeros Tecolotes" y que estudiaban en el Calmécac) y/o brujos.

El nombre mexica más común para el brujo, según Sahagún en su "Historia General De Las Cosas De La Nueva España", era el "tlacatecólotl" ("hombre búho"), individuo que, de cuerpo humano y cabeza de búho, podía pronunciar hechizos, los que se alojarían en varias partes del cuerpo y se "manifestarían" como piezas de hueso u obsidiana qué uno sacaría de su cuerpo al perecer. De ahí qué, con el pasar de los siglos, se volviera una mala manifestación.

Se ve al tecolote y a una deidad del Mictlán (Tierra De Los Muertos) deglutiendo a un hombre.

Más el búho o lechuza también eran asociados a los sueños, específicamente como protectores enviados por Yohualtecuhtli (Señor De La Noche en español y considerado como el "Dios de los sueños), como guardianes del sueño, a tal grado que la aparición de un búho en las cercanías de una casa era apreciada, ya que los malos sueños escapaban de las aves rapaces.

Pero, a pesar de ello, su canto y el hecho que bajará y golpeará la tierra con sus patas era considerado también mal augurio para los ancestros de la Cuenca de México y alrededores, esto al considerársele también un enviado de Mictlantecuhtli (El Señor Del Mictlán).

López Austin señala también que en el Códice Florentino (las notas en español fueron publicadas con el nombre de "Historia General De Las Cosas De La Nueva España"), los informantes de Fray Bernardino de Sahagún indican que los "hombre-búho" tienen un carácter malvado porque “Se sangra sobre la gente, pierde a la gente con embrujos, oprime el corazón de la gente […]

Búho Virginianus o cornudo.

Nótese en lo escrito atrás la cosmovisión dual (sol y luna, hombre y mujer, luz y oscuridad, vida y muerte) de los Mexicas.

Para los mayas, el xooch' se relacionaba con Itzamnaaj en su advocación de dragón celeste, del poder de la noche. También eran fieles servidores del Sol y la Luna. Eran las aves mensajeras de los dioses del Xibalba (inframundo maya), por lo que se les consideraba generalmente de mal agüero.


¿Qué tiene que ver con un tango de Gabilondo Soler?

El "Tango Medroso" empieza relatando características de animales y cosas, más llega un momento en la letra propia de la pieza empieza a hablar de la lechuza.

Tyto alba o
"lechuza de campanario"

"La voz del gallo

es horario del caballo.

La voz del perro

zozobra del ladrón.

La vieja puerta

de goznes que rechinan

temblando se despierta

con la voz del aldabón.

La luz del rayo

alumbra de soslayo.

El ronco trueno

dispara su cañón.

Y empieza a picar

sobre el tejado

el ritmo de la lluvia

como tango compadrón.

Allá, oculta en la noche

volando sin ruido va por doquier

siempre la buena lechuza

que todo lo sabe y todo lo ve.

Anda cazando

mil pesadillas

que como buitres

quieren caer,

caer en casas sencillas

turbando a la gente que piensa bien.

Pero la lechuza las ataca,

hace chuza, desbarata

y las tira con desdén.

Será tal vez que las noches

de negras tinieblas me dan terror;

como si algo muy raro

ande de puntillas a mi alrededor.

No soy valiente

ni lo remedo.

Yo siento miedo

de no sé qué.

Por eso grito: -- ¡Lechuza,

aquí has pesadillas, aprisa ven!

Ya que la lechuza las ataca,

hace chuza, desbarata

y las tira con desdén."

"Tango Medroso" - Francisco Gabilondo Soler -


En esta letra, relaciona Gabilondo Soler su canción con la vieja cosmogonía de la Cuenca de México, donde el buho es una entidad protectora del sueño, en este caso, viene a "hacer chuza", a desbaratar, a atacar a las pesadillas, con tal de que las gentes, la población, pueda dormir en paz.

CONCLUSIONES

En esta pieza me atrevería a decir, sin poder confirmarlo a ciencia cierta, que Don Francisco Gabilondo Soler llegó a estudiar también sobre la simbología propia del "Tecolote" en las viejas culturas indígenas. Aunque también importante mencionar es que, probablemente rescatará esa concepción debido a qué, con la mezcla qué hubo por el intercambio cultural qué ha habido desde 1521 (caída de Tenochtitlán) y 1542 (caída de las Ciudades Estado Mayas) se asoció a estas aves con las brujas y con el demonio, entidades del colectivo popular y religioso que se pueden transformar en estos animales que, al sentirse intimidados, erizan todo su cuerpo para hacerse aparentar más grandes. Este es motivo suficiente para que estas especies importantes del ecosistema sean asesinadas sin piedad ante la ignorancia de los hombres (hablando en general).

¿Qué motivó a Don Francisco a escribir tal tango? Una respuesta no poseo para esta cuestión, podrá haber sido el hecho de difundir el mensaje que las lechuzas (y búhos) no son malos, tratar de abordar la idea de qué no son brujas o el demonio o solamente con fines educativos, lo que es de impresionar y agradecer es el hecho de su rescaté de un viejo concepto perdido en el espacio y tiempo.

CANCIONES

"Tango Medroso", Francisco Gabilondo Soler y la Orq. de Chucho Ferrer, tango de Gabilondo Soler, 195X.


Texto y colección de David Huerta. La presente publicación se hace con fines de difusión cultural, sin ningún ánimo de lucro y para el conocimiento público del acervo musical mexicano.

miércoles, 18 de diciembre de 2024

Ensayo: De plantas, árboles y curanderos en Historia General De Las Cosas de la Nueva España de Fray Bernardino de Sahagun.

Cuetlaxochitl o Noche Buena.
Para empezar esta entrada quiero escribir unas cuantas palabras que salen de lo más profundo de mi ser:

No porque hable y difunde continuamente a través de mis redes sociales la música popular mexicana de 1910 a 1955 no quiere decir que otros temas no me interesan y, aunque considero que mi aporte a futuro será historizar todo esto que he venido haciendo y rescatando sobre los cantantes y su arte, es por ello que, acabando este ensayo que he venido construyendo desde noviembre del año 2024, quiero dejarlo aquí para su lectura y para rescatar en algún momento de mi historia personal, es por ello que buscando otros horizontes también quiero publicarlo, sin mayor pretensión alguna que no sea el de difundir los saberes de mis ancestros.

Sin más que añadir, empecemos.

Introducción.

La herbolaria y los árboles son aspectos fundamentales para comprender la relación entre las culturas prehispánicas y la naturaleza, especialmente a través de la obra Historia General de las Cosas de la Nueva España de Fray Bernardino de Sahagún. Esta enciclopedia del siglo XVI, uno de los compendios más completos sobre las costumbres y prácticas de los pueblos nahuas, recopila un vasto conocimiento sobre la vida cotidiana de estas sociedades. En ella, los árboles y las plantas no solo se presentan como recursos materiales esenciales, sino que también adquieren un valor simbólico y sagrado. Para los pueblos nahuas, las plantas y los árboles formaban parte de la cosmología, con significados profundos relacionados con la espiritualidad y la medicina. Sahagún (2019) señala que estos elementos naturales desempeñaban un papel vital tanto en las prácticas curativas como en los rituales, sirviendo como agentes de sanación y símbolos de las fuerzas divinas. Además, López Austin (2002) resalta cómo el conocimiento herbolario de los nahuas estaba intrínsecamente vinculado a su cosmovisión, donde cada planta y árbol tenía un propósito específico en la interacción entre el mundo material y el espiritual. En este sentido, los árboles y las plantas no solo eran recursos para la subsistencia, sino que formaban parte de un sistema de creencias más amplio que conectaba lo humano con lo divino y lo físico con lo trascendental. Así, la Historia General de las Cosas de la Nueva España no solo ofrece una visión detallada de las costumbres nahuas, sino que también invita a reflexionar sobre cómo estas culturas concebían su relación con la naturaleza, reconociendo su importancia tanto a nivel práctico como simbólico.

 

La herbolaria como ciencia prehispánica

La herbolaria mesoamericana, especialmente en las culturas nahuas, era una práctica profundamente sistemática que combinaba la observación meticulosa de la naturaleza con una constante experimentación. Este conocimiento no solo se transmitía de generación en generación de manera oral, sino que también fue recogido en algunos registros escritos, como el Códice Badiano, una de las fuentes más representativas de la herbolaria prehispánica (De la Cruz y Badiano, 1552). Este códice, que data de principios del siglo XVI, contiene una vasta recopilación de plantas medicinales utilizadas por los pueblos nahuas, y su formato pictográfico refleja la importancia de las plantas en la vida cotidiana y en la medicina tradicional. A través de estas representaciones visuales, los conocimientos sobre las propiedades curativas de las plantas eran accesibles tanto a los especialistas como a la comunidad en general.

 

La concepción nahua de la salud iba mucho más allá de lo físico. Para ellos, el bienestar no solo implicaba la ausencia de enfermedades, sino que también requería un equilibrio integral que abarcaba lo espiritual, lo emocional y lo social. La salud estaba ligada a la armonía del individuo con su comunidad y con el mundo natural. Esta visión holística estaba fuertemente influenciada por su cosmovisión, que consideraba que el cuerpo humano no podía entenderse de manera aislada, sino como parte de un todo interconectado con el entorno natural y el orden cósmico. De acuerdo con Ortiz de Montellano (2005), enfermedades como las "calenturas" o los "aires" no se veían simplemente como trastornos físicos, sino como manifestaciones de desequilibrios más profundos entre el individuo, su entorno y su comunidad. Estos desequilibrios podían ser provocados por factores como el mal comportamiento, la ruptura de normas sociales, o incluso la disonancia espiritual, lo que exigía un enfoque terapéutico que integraba tanto la medicina física como la resolución de estos desajustes espirituales y emocionales.

 

Además de las plantas medicinales, los nahuas recurrían a rituales y ceremonias religiosas para restaurar el equilibrio perdido. La herbolaria no solo era utilizada por los tlamatini (sabios o curanderos), sino que se extendía a toda la sociedad, donde la transmisión de conocimientos sobre las propiedades de las plantas y las prácticas curativas era parte del tejido social. Las plantas, por tanto, no eran solo recursos materiales, sino símbolos de la relación simbiótica entre el ser humano y el cosmos, que debía ser cuidada para garantizar la salud colectiva. Esta integración de lo físico, lo espiritual y lo social es clave para comprender la medicina nahua, un sistema de conocimiento profundamente arraigado en su visión del mundo.

 

El papel de los informantes en la obra de Sahagún

Fray Bernardino de Sahagún, uno de los principales cronistas y misioneros de la Nueva España, jugó un papel fundamental en la recopilación de conocimientos sobre la flora de Mesoamérica, especialmente en lo que respecta a las propiedades, usos y simbolismos de diversas plantas y árboles. Sahagún trabajó de manera colaborativa con informantes nativos, lo que le permitió obtener una perspectiva precisa y rica sobre la herbolaria y su lugar en la cultura nahua. Su meticulosa clasificación y documentación de estas plantas reflejan la complejidad y la organización del conocimiento nahua, que dividía a las especies en diferentes categorías según su uso y significado. Sahagún no solo documentó las propiedades medicinales de los árboles y plantas, sino también sus significados espirituales y culturales, lo que nos ofrece una visión integral de cómo los nahuas interactuaban con la naturaleza.

 

Esta clasificación de las plantas en categorías como medicinales, sagradas, alimenticias y de construcción muestra el carácter funcional y simbólico que los nahuas otorgaban a su entorno natural. Cada tipo de planta o árbol no solo tenía un valor práctico, sino también un significado espiritual que estaba relacionado con las creencias religiosas y cosmogónicas de los pueblos nahuas. Por ejemplo, plantas como el iztác patli ("medicina blanca") y el xicamatl (jícama) fueron documentadas por Sahagún con gran detalle. El iztác patli, conocido por sus propiedades curativas, era utilizado en tratamientos para diversas enfermedades, mientras que el xicamatl, además de su valor como alimento, tenía un fuerte simbolismo en la cultura nahua, vinculado con la fertilidad y la abundancia. Sahagún documentó no solo los nombres de estas plantas en náhuatl, sino también sus aplicaciones médicas y su valor cultural (López Austin, 2002). Esta información es invaluable, pues nos permite entender cómo las plantas no eran vistas solo como recursos utilitarios, sino como elementos vitales que formaban parte de un sistema más amplio de creencias que integraba la salud, la espiritualidad y la cosmovisión de los nahuas.

 

Además, esta labor de documentación realizada por Sahagún va más allá de una simple recopilación de datos botánicos. Al incluir tanto las aplicaciones prácticas como los significados simbólicos de las plantas, Sahagún nos ofrece una visión profunda de la relación entre los nahuas y su entorno natural. Los árboles y las plantas no eran solo materia prima para la medicina o la construcción; representaban la conexión entre los seres humanos y lo divino, formando parte de una red de saberes que integraba lo físico y lo espiritual, lo cotidiano y lo trascendental. La obra de Sahagún, por lo tanto, es fundamental para comprender cómo las culturas prehispánicas concebían su entorno natural como un todo interconectado, donde el conocimiento sobre las plantas y su uso se veía como un medio para mantener el equilibrio entre el hombre, la naturaleza y los dioses.

 

Usuarios de las plantas en la cultura nahua

En la obra de Fray Bernardino de Sahagún, se detalla cómo las plantas no solo desempeñaban un papel central en la medicina, sino que eran utilizadas por diferentes grupos dentro de la sociedad nahua, cada uno con roles específicos en la administración de la salud, la espiritualidad y las prácticas rituales. Los ticitl, o médicos indígenas, eran los encargados de emplear plantas medicinales en tratamientos tanto físicos como espirituales. Estos especialistas no solo administraban remedios herbales para aliviar enfermedades físicas, sino que también guiaban rituales y ceremonias destinadas a equilibrar el cuerpo y el alma. Para los nahuas, la enfermedad no se limitaba a una disfunción física, sino que también podía ser vista como un desequilibrio en el plano espiritual. Así, los ticitl actuaban como mediadores entre los mundos físico y espiritual, utilizando plantas con propiedades curativas junto con oraciones y ofrendas para restaurar la salud en su totalidad (Sahagún, 2019).

 

Por otro lado, en la sociedad nahua existían figuras asociadas con prácticas mágicas y esotéricas, como los nahuales y los tlaciuhqui, quienes también empleaban plantas con fines específicos, pero en este caso relacionados con lo esotérico y lo místico. Los nahuales, individuos que poseían la capacidad de transformarse en animales o asumir otras formas a través de poderes sobrenaturales, utilizaban plantas como el peyote y el toloache durante ceremonias religiosas o rituales destinados a obtener visiones o comunicarse con el mundo espiritual. Estos rituales eran fundamentales para la interacción con los dioses y con fuerzas invisibles, y las plantas se veían como vehículos para alcanzar estados alterados de conciencia y contacto con lo divino (Sahagún, 2019).

 

Además de los nahuales y los tlaciuhqui, Sahagún también menciona a los santibanquis, o curanderos ambulantes, quienes desempeñaban un papel crucial en la recolección y distribución de plantas medicinales a lo largo de diferentes regiones. Estos curanderos itinerantes viajaban por las aldeas y pueblos, utilizando su conocimiento de las plantas para realizar curaciones y limpias. Su habilidad para identificar y recolectar plantas de diversas regiones les permitía tratar una amplia variedad de enfermedades, y su conocimiento estaba basado tanto en la experiencia práctica como en la tradición oral transmitida a lo largo de generaciones (Sahagún, 2019).

 

Finalmente, Sahagún también hace referencia a los brujos, quienes utilizaban ciertas plantas con fines más oscuros, como lanzar maldiciones o manipular energías negativas. Estas prácticas reflejan el vasto espectro de usos atribuidos a la herbolaria en la cosmovisión indígena, donde lo médico, lo espiritual y lo mágico estaban profundamente entrelazados. Para los nahuas, las plantas no solo eran herramientas curativas, sino que también podían tener un poder transformador y simbólico, dependiendo de quién las utilizara y con qué propósito. En este contexto, la herbolaria no solo servía para sanar, sino también para protegerse, para interactuar con lo sobrenatural y, en algunos casos, para manipular las energías que fluían entre los seres humanos y el mundo espiritual (Sahagún, 2019).

 

Los árboles como ejes cósmicos y su relevancia simbólica

En la cosmovisión mesoamericana, los árboles no solo eran vistos como elementos de la naturaleza, sino como ejes cósmicos que conectaban el mundo terrenal con lo divino, desempeñando un papel fundamental en la estructura del universo. Estos árboles eran considerados sagrados y representaban la interconexión entre los diferentes planos de existencia: el mundo físico, el mundo subterráneo y el cielo. En este contexto, árboles como el ahuehuetl (Taxodium mucronatum) y la ceiba (Ceiba pentandra) destacan tanto por su simbolismo como por su utilidad en la vida cotidiana de los pueblos mesoamericanos.

 

El ahuehuetl, un majestuoso árbol de gran altura, estaba particularmente asociado con Tláloc, el dios de la lluvia y la fertilidad. Este árbol no solo era venerado por su tamaño y longevidad, sino que también se consideraba un punto de conexión con los elementos divinos. El ahuehuetl simbolizaba la presencia de Tláloc en la tierra y su capacidad para asegurar la prosperidad de las cosechas a través de la lluvia. Además, este árbol se erigía como un marcador del tiempo sagrado, pues en muchos casos su presencia estaba relacionada con rituales y ceremonias que se realizaban en momentos específicos del calendario agrícola. Así, el ahuehuetl no solo tenía un valor funcional como fuente de sombra o madera, sino que también servía como un punto de reunión comunitaria para realizar ceremonias religiosas y de agradecimiento a los dioses (Hernández, 1651).

 

Por otro lado, la ceiba, otro de los árboles sagrados de la región mesoamericana, era considerada como el eje del mundo, una conexión directa entre los planos terrenal y celestial. La ceiba era un árbol venerado por su tamaño imponente y su capacidad para crecer en diversas regiones de Mesoamérica, convirtiéndose en un símbolo de la estabilidad y la continuidad del cosmos. En la visión mesoamericana, la ceiba representaba un puente entre los dioses y los humanos, un espacio donde los espíritus podían descender del cielo y ascender hacia él. Este árbol, como el ahuehuetl, también tenía un papel en la organización del tiempo sagrado, marcando los lugares donde se celebraban importantes festividades religiosas y rituales (León-Portilla, 2012).

 

Ambos árboles, aunque distintos en sus características y simbolismos, compartían una función común en la vida espiritual y cotidiana de los pueblos mesoamericanos: actuar como puntos de reunión para la comunidad y como símbolos de la relación entre los humanos y lo divino. Además, su utilidad práctica en la vida diaria —como fuentes de madera, sombra y recursos materiales— se veía estrechamente vinculada con su valor sagrado. Los árboles, por lo tanto, no solo cumplían con una función ecológica y material, sino que eran elementos esenciales para la organización de la vida comunitaria, la práctica religiosa y la concepción del tiempo sagrado en la cosmovisión indígena (Hernández, 1651; León-Portilla, 2012).

 

Aplicaciones medicinales y rituales de las plantas

La herbolaria mesoamericana era un sistema de conocimientos que abarcaba tanto el tratamiento de enfermedades físicas como el bienestar espiritual, reflejando la visión integral de la salud que poseían los pueblos indígenas. Esta práctica estaba profundamente conectada con su cosmovisión, en la que la salud no solo dependía del equilibrio físico, sino también de la armonía entre el ser humano y el mundo espiritual. Entre las plantas utilizadas para tratamientos físicos, el tepatli se destacaba como un remedio comúnmente utilizado para aliviar dolores musculares y otros malestares corporales. Esta planta, junto con otras hierbas, era aplicada de diversas formas —como infusiones o ungüentos— para aliviar las tensiones y mejorar el bienestar físico de los individuos.

 

Por otro lado, plantas como el yauhtli (cempasúchil) tenían un papel crucial en los rituales funerarios y en la conmemoración de los muertos. Este uso de las plantas en contextos espirituales refleja la creencia de que ciertos elementos naturales podían ayudar a los espíritus a trascender o a establecer comunicación con el mundo de los muertos. El yauhtli no solo era apreciado por su color vibrante y su fragancia, sino también por su capacidad simbólica de guiar las almas en su viaje al inframundo, lo que lo convertía en un componente esencial de las ofrendas funerarias. En este contexto, la herbolaria no solo tenía una dimensión curativa, sino también ritualística, ligada a las creencias religiosas y espirituales de los pueblos nahuas (Sahagún, 2019).

 

Además, plantas como el peyote y el toloache eran utilizadas con fines alucinógenos durante ceremonias religiosas y rituales, permitiendo a los participantes entrar en estados alterados de conciencia para comunicarse con lo divino o recibir visiones. Estas plantas, cargadas de poder simbólico, eran consumidas en ceremonias dirigidas por sacerdotes o chamanes, quienes guiaban a los participantes en la búsqueda de visiones, conocimientos divinos o revelaciones espirituales. El uso del peyote, por ejemplo, estaba vinculado con la conexión directa con los dioses, en especial con la capacidad de alcanzar un entendimiento más profundo de la naturaleza y el cosmos.

 

Sahagún, en su obra exhaustiva sobre la cultura y los saberes nahuas, también documentó las propiedades medicinales de diversas resinas, entre ellas el copal. Esta resina, derivada de árboles como el bursera, tenía un uso doble: por un lado, se utilizaba en rituales espirituales como parte de las limpias, donde su humo servía para purificar el ambiente y alejar las malas energías, y por otro, se empleaba en tratamientos medicinales debido a sus propiedades bactericidas y antiinflamatorias. El copal, por lo tanto, tenía un valor tanto práctico como espiritual, sirviendo para la sanación física y para mantener el equilibrio espiritual de la comunidad (Sahagún, 2019).

 

Integración entre saberes indígenas y europeos

La llegada de Francisco Hernández a la Nueva España y la publicación de su obra Historia Natural de la Nueva España marcaron un punto de convergencia entre las tradiciones medicinales de Europa y las prácticas curativas de Mesoamérica. Como médico y naturalista al servicio del rey Felipe II, Hernández emprendió un ambicioso proyecto para estudiar la flora del Nuevo Mundo y documentar las propiedades de las plantas utilizadas por los pueblos indígenas, lo que permitió crear un puente entre los conocimientos botánicos europeos y los de las culturas mesoamericanas. Su obra no solo recopiló una vasta cantidad de información sobre las plantas, sino que también resaltó la sofisticación y la efectividad de los tratamientos medicinales indígenas, contribuyendo a la comprensión y valoración de las prácticas curativas autóctonas en Europa.

 

Entre las plantas documentadas por Hernández, destaca el cuetlaxochitl, más conocida como la flor de Nochebuena (Euphorbia pulcherrima), que posee propiedades antiinflamatorias y se utilizaba en la medicina tradicional indígena para aliviar dolencias diversas. Este ejemplar, hoy ampliamente conocido en todo el mundo, fue descrito por Hernández por sus propiedades curativas, un aspecto que sorprendió a muchos de los estudiosos europeos que aún desconocían las aplicaciones medicinales de las plantas americanas. La flor de Nochebuena no solo era apreciada por su belleza, sino también por sus efectos terapéuticos, que se extendían más allá del ámbito físico, asociándose también con prácticas rituales y espirituales en la tradición indígena.

 

Otra planta importante documentada por Hernández fue el huacalxóchitl (nombre común para varias especies del género Justicia), utilizada por los pueblos indígenas para tratar enfermedades respiratorias, como tos y resfriados. Esta planta, con propiedades expectorantes y antiinflamatorias, era un remedio comúnmente empleado en el tratamiento de problemas pulmonares, y su efectividad quedó registrada en los textos de Hernández. Este tipo de plantas, que tenían usos muy específicos en la medicina indígena, proporcionaron a los estudiosos europeos una visión más profunda de las prácticas medicinales del Nuevo Mundo y destacaron la valiosa contribución de los pueblos mesoamericanos al conocimiento botánico global (Hernández, 1651).

 

A través de sus investigaciones, Hernández no solo documentó las propiedades medicinales de las plantas, sino que también abrió el camino para un entendimiento más amplio sobre la biodiversidad de América y su relevancia para la medicina europea. La obra de Hernández sirvió como una ventana para que los europeos comprendieran las riquezas naturales del Nuevo Mundo, al mismo tiempo que reconocían la sofisticación de las prácticas médicas indígenas, las cuales ya habían desarrollado un conocimiento profundo de la flora local mucho antes de la llegada de los colonizadores. Según Klor de Alva (2009), el trabajo de Hernández fue crucial para mostrar que las culturas indígenas poseían un vasto conocimiento sobre las plantas y sus aplicaciones, conocimiento que a menudo había sido desestimado o ignorado por la mirada eurocéntrica de la época.

 

Así, la Historia Natural de la Nueva España no solo fue una obra científica que contribuyó al conocimiento botánico de la época, sino también un testimonio del encuentro entre dos mundos de saberes, donde la tradición indígena fue reconocida por su valor y efectividad en el ámbito de la medicina.

 

Relevancia contemporánea

El legado de la herbolaria mesoamericana y el conocimiento sobre los árboles descritos por Fray Bernardino de Sahagún continúa siendo relevante en las comunidades indígenas de hoy en día, así como en la medicina moderna. La obra de Sahagún no solo rescató los saberes ancestrales, sino que también ofreció una valiosa perspectiva sobre la relación profunda y simbiótica que los pueblos nahuas mantenían con su entorno natural. Las plantas y árboles descritos por Sahagún, que abarcan desde remedios medicinales hasta elementos sagrados en los rituales, siguen siendo utilizados por las comunidades indígenas en la actualidad, lo que demuestra la vigencia de estos conocimientos a lo largo de los siglos.

 

Investigaciones actuales han corroborado la eficacia de muchas de las propiedades medicinales documentadas por Sahagún y otros cronistas, confirmando que diversas plantas y árboles utilizados en la herbolaria tradicional mesoamericana poseen verdaderas propiedades curativas. Por ejemplo, plantas como el tepatli y el yauhtli, entre otras, siguen siendo utilizadas en la medicina popular de comunidades rurales y urbanas para tratar diversas enfermedades. Estos hallazgos científicos no solo validan el conocimiento ancestral, sino que también subrayan la importancia de preservar y documentar estos saberes, pues muchas de las especies mencionadas por Sahagún tienen propiedades que pueden contribuir a la medicina moderna. Esta convergencia entre el conocimiento indígena y la ciencia contemporánea pone de relieve la relevancia de los saberes tradicionales en el tratamiento de enfermedades y en la investigación farmacológica.

 

La obra de Sahagún, por lo tanto, no solo fue un esfuerzo por documentar los saberes de los pueblos nahuas, sino también un testimonio de la riqueza cultural y espiritual de estas comunidades. A través de su meticulosa recopilación de información, Sahagún ofreció una visión integral de la relación de los nahuas con la naturaleza, una relación que abarcaba tanto lo práctico, a través de la herbolaria y el uso medicinal de las plantas, como lo simbólico, mediante su conexión con lo divino y lo espiritual. Los árboles, como el ahuehuetl y la ceiba, no solo eran vistos como recursos materiales, sino como entidades sagradas, ejes cósmicos que conectaban los mundos terrenal y divino (Aguilar Contreras, 2009).

 

Además, Sahagún evidenció cómo la naturaleza formaba parte de un sistema de creencias y prácticas que integraba el bienestar físico, emocional y espiritual de los seres humanos. Su obra ofreció a los europeos una ventana hacia el mundo de los pueblos nahuas, mostrando una cosmovisión en la que lo natural y lo divino no estaban separados, sino que coexistían en una interacción constante y dinámica. Como destaca Bierhorst (2009), la recopilación de estos saberes no solo fue una tarea de conservación de la tradición, sino un acto de reconocimiento de la profunda espiritualidad que animaba a estas comunidades.

 

Hoy en día, la preservación de este conocimiento ancestral sigue siendo fundamental no solo para las comunidades indígenas, sino también para la humanidad en su conjunto, ya que muchas de estas prácticas pueden ofrecer soluciones sostenibles y efectivas a problemas de salud actuales. La riqueza cultural y espiritual que Sahagún documentó sigue siendo un recurso invaluable para entender la conexión entre los seres humanos y su entorno natural, recordándonos la importancia de aprender y respetar las tradiciones que nos han sido legadas.

 

Conclusión

La "Historia General de las Cosas de la Nueva España" de Fray Bernardino de Sahagún es una fuente invaluable para comprender la complejidad de la herbolaria y el simbolismo de los árboles en la cosmovisión mesoamericana. A través de su clasificación meticulosa y su integración de perspectivas indígenas, Sahagún preservó un saber ancestral que trasciende hasta nuestros días, fortaleciendo el diálogo intercultural y subrayando la relevancia de la naturaleza como fuente de vida y espiritualidad.


Fuentes:

1.      Sahagún, Bernardino de. 2019. *Historia General de las Cosas de la Nueva España*. Edición de Porrúa.

2.      De la Cruz, Martín, y Juan Badiano. 1552. *Libellus de Medicinalibus Indorum Herbis*. Traducido al latín por Juan Badiano.

3.      Hernández, Francisco. 1651. *Historia Natural de la Nueva España*.

1.      Aguilar Contreras, Abigail. 2009. "El uso de las plantas medicinales en la actualidad: Tradición y ciencia". Revista Mexicana de Biodiversidad 80(1): 81-90.

2.      Bierhorst, John. 2009. *Cantares Mexicanos: Songs of the Aztecs*. Stanford, CA: Stanford University Press.

3.      Klor de Alva, J. Jorge. 2009. "La herbolaria en la obra de Sahagún: un enfoque interdisciplinario". En *La Medicina Tradicional en Mesoamérica*, editado por Miguel León-Portilla, pp. 123-150. México: Fondo de Cultura Económica.

4.      León-Portilla, Miguel. 2012. "La visión indígena de la naturaleza en la obra de Sahagún". En *Fray Bernardino de Sahagún: Presente y Futuro*, editado por Ascensión Hernández de León-Portilla, pp. 75-98. México: Universidad Nacional Autónoma de México.

5.      López Austin, Alfredo. 2002. "Sahagún y el universo de los símbolos vegetales". En *Estudios de Cultura Náhuatl*, vol. 33, pp. 15-45. México: Universidad Nacional Autónoma de México.

6.      Ortiz de Montellano, Bernard R. 2005. *Aztec Medicine, Health, and Nutrition*. New Brunswick, NJ: Rutgers University Press.



Para servirle a Dios, a Don Porfirio y a usted: La sociedad porfiriana y sus recuerdos a través de la cinecomedia “México De Mis Recuerdos” (1944) de Juan Bustillo Oro.

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